Hace algunos años publicamos en el Granta dedicado a las fronteras, una crónica de Valerie Miles sobre Tijuana y con Barry Gifford, Luis Humberto Crosthwaite y Daniel Sada como protagonistas de excepción. Guía de muchos jóvenes escritores mexicanos y admirado por tantos de nosotros, la obra de Daniel Sada ha ido imantando paulatinamente el imaginario narrativo, no sólo de México, en el último decenio. Allí está, ambiciosísima, única, y habría que dar un rodeo enorme y larguisimo para no verla.
Antonio Bertrán, que acaba de públicar un vívido perfil de Daniel en la revista Gatopardo, me formuló algunas preguntas hace unas semanas sobre su persona y obra para ese reportaje. Transcribo una parte de nuestro intercambio como homenaje póstumo e incitación a la lectura.
Aurelio Major
¿Cómo se acercó Daniel a Vuelta para que le publicaran su libro de poesía (esto es, cómo hizo contacto, con qué actitud llegó, cómo lo recibieron, qué impresión personal les causó)?
Debo aclarar que el El límite es un libro de varia invención: de poemas, alguno en prosa, y de cuentos o fragmentos; misceláneo entonces, pero orgánico, y como su nombre indica, uno de los extremos del sendero estético que recorría Daniel.
Él ya estaba cerca de Vuelta por su amistad con Salvador Elizondo. Me parece recordar que con él y el malogrado José Manuel de Rivas presentamos un libro de Elizondo que acabábamos de publicar, Estanquillo quizás, en Tepoztlán. Creo que fue en esa oportunidad cuando Daniel propuso el manuscrito a Vuelta. El límite se publicó cuando yo ya residía (la primera vez) en Barcelona.
Supongo que hicieron una evaluación del manuscrito en la que participó Octavio Paz, ¿qué opinó don Octavio sobre la poesía de Sada?
Octavio Paz, que siempre leyó con atención a los jóvenes, ya conocía la poesía de Daniel. No hubo objeción alguna, al contrario.
A ti en lo personal, ¿qué te parecieron sus poemas?
Yo ya leía su poesía, comparable en intención y afinidad a la que en ese entonces también escribía otro poeta también de gran mérito y casi de su generación, Víctor Hugo Piña Williams o en algunos puntos a la del extraordinario Jorge Hernández Campos de la última época. Transverbales mexicanos, digamos para generalizar, o para decirlo con el Paz de “Las palabras”: “dales azúcar en la boca a las rejegas, / ínflalas, globos, pínchalas, / sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas…” Daniel se inscribe en una tradición ya larga y que conocía muy bien, pero me desviaría mucho si trazo aquí sus meandros y deltas.
Es curioso que Daniel dejara de publicar poesía para centrarse en la novela, ¿sabes por qué?
Él mismo lo ha explicado en varias entrevistas. Es un poeta narrativo, y ha sido deriva natural. Pero no ha dejado de escribir poesía, en el sentido convencional, basta leer Aquí. La experiencia literaria, la insustituible de la poesía, también está en la novela de mérito artístico. Poetas narrativos como Álvaro Mutis, quien nos ha legado, en ese tenor, La nieve del almirante, por caso, es un buen ejemplo de esa afinidad.
¿Cómo fue su llegada a Tusquets?
Daniel había publicado Una de dos en Alfaguara (inscrita en una campaña con otros escritores mexicanos amparados por Carlos Fuentes y cuyo fin era conquistar el díscolo gusto del lector estadounidense de aquellos años, en español). El editor entonces de esa editorial en México se negó a publicar la siguiente, Ex Absurdo, título original de la novela a la que Daniel había dedicado toda su ambición y recursos durante tanto tiempo y que a la postre ha venido a convertirse en un revulsivo de la literatura no sólo mexicana: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe.
Cerrada esa puerta y otras posteriores supongo, Daniel se acercó a Tusquets y me entregó el manuscrito. Me decidí a publicarlo en cuanto concluí la lectura, convencido de que era la novela más importante escrita en México en varios lustros (aún puedo recordar los gestos entre sarcásticos e incrédulos de muchos ante lo que parecía una majadería de mi parte). Esa oportunidad también nos dio ocasión de recoger su obra anterior en la medida en que estuviese disponible.
¿Qué dificultades enfrentó la publicación de un libro largo y de lectura exigente como Porque parece mentira la verdad nunca se sabe?
Puramente material. Es decir, procuramos que la edición fuese accesible a los lectores de la inmensa minoría que garantizaba su permanencia. Por fortuna conté con el apoyo de Beatriz de Moura y Antonio López Lamadrid en ese empeño, materializado también con la publicación de la novela en España. Se reimprimió dos veces en México. La recepción crítica en España (Javier Aparicio, Santos Sanz Villanueva) fue igualmente positiva.
Su lectura es exigente, pero sólo lo difícil es estimulante. Y una vez que el lector se entrega al ritmo de la prosa, el esfuerzo desaparece y esa culminación de la novela rural mexicana depara momentos en verdad conmovedores, profundamente humanos. El final es perfecto. La novela es un monstruo, en el sentido barroco del prodigio.
¿Por qué decidió irse a publicar a Anagrama?
Yo decidí residir en Barcelona nuevamente hace más de un decenio, y Daniel dejó Tusquets dos años más tarde (decisión suya que lamenté y le desaconsejé), aunque todavía alcancé a rescatar Albedrío, una de mis preferidas. También allí se volvió a publicar Una de dos. Otras novelas (y cuentos) de Daniel, me parece que no lo mejor de su producción, cuya cima sigue siendo Porque parece mentira…, seguida de la ya muy distinta y más domeñada Casi nunca, vieron la luz en otras editoriales posteriormente y creo que habrá tenido ocasión de arrepentirse de su decisión. Sin embargo, el premio Herralde, de la editorial que había manifestado su interés en la obra de Daniel desde hacía años, no fue sino la consagración de una obra y la confirmación de lo que muchos de sus lectores ya sabíamos.
Del trato tanto profesional como personal que tuviste con Daniel, ¿qué destacas de su personalidad?
Su socarronería, su nada impostada y orgánica cultura literaria, su tenacidad en asombrarse, la lealtad a su orígenes, su avidez.
¿Recuerdas alguna vivencia compartida o una anécdota que nos lo pinte?
Entre varias, rescato ésta: hace unos siete años, con Valerie Miles, en la frontera de Calexico a muy altas horas de la noche y sin medio de transporte, estábamos de pie también con un Barry Gifford atemorizado bajo la iluminación mortecina, desesperado por cruzar la frontera a Estados Unidos, a punto de llamar a la policía por la falta de taxis, en medio de la soledad del enorme estacionamiento repleto de camiones de carga. Daniel, socarrón, acuciaba aún más las angustias de Gifford recordando una retahíla de desgracias fronterizas, entre burlas y veras.
¿Qué gustos literarios comparten o compartían?
Salvador Elizondo, Juan Rulfo y tantos otros. El Cervantes del Persiles, creo.
¿Qué sabes de su infancia o juventud; cómo se decidió a ser escritor?
Poca cosa que no haya contado él mismo en entrevistas. Alguna profesora de primaria o secundaria que le abrió las puertas de la literatura a un sediento chico con talento de la provincia profunda. Y así fue: el centro se nutrió de los márgenes. Otra vez.